El poder del deseo
Hay pensamientos que nacen como una idea y terminan convirtiéndose en dirección. Creo en el poder de desear con intención, en la fuerza de la fe, en Dios, en las energías positivas y en esas enseñanzas antiguas que, cuando se comprenden de verdad, siguen teniendo sentido en la vida cotidiana.
Yahvexill
8/12/20263 min read


El poder del deseo
Siempre he sentido que existen deseos que no se parecen a un simple capricho. Son aquellos que aparecen una y otra vez, que permanecen contigo durante años y que terminan formando parte de la persona que quieres llegar a ser. Cuando deseas algo con suficiente fuerza, no basta con imaginarlo: empiezas a moverte de otra manera, a tomar decisiones distintas, a reconocer oportunidades que antes habrías ignorado y a acercarte, poco a poco, a aquello que parecía lejano. Por eso creo en el poder de desear, pero no como una fórmula mágica. Creo en el deseo cuando se convierte en intención, disciplina, paciencia y fe.
Lo he visto tanto en lo material como en lo emocional. A veces deseas construir algo, alcanzar una meta, transformar tu vida o conseguir aquello que durante mucho tiempo parecía imposible. Otras veces el deseo tiene nombre, recuerdos, una mirada o una persona. El amor también puede nacer de esa intensidad con la que uno imagina una conexión antes incluso de saber si llegará a existir. Pero desear no significa controlar. Hay una diferencia entre querer algo profundamente y exigirle a la vida que ocurra exactamente como imaginamos. Muchas veces aquello que buscamos llega de una forma distinta, en otro momento o después de habernos cambiado por completo.
Ahí entra la fe. Creo en Dios y en la idea de que hay momentos en los que nuestras fuerzas no son suficientes. Podemos trabajar, luchar, insistir y construir, pero también existen situaciones que nos obligan a aceptar que no controlamos todo. Para mí, creer no significa quedarse esperando. Significa actuar mientras mantienes la confianza de que existe algo más grande que tu miedo, tu incertidumbre o el momento difícil que estás atravesando.
También creo profundamente en las energías que llevamos con nosotros. Hay personas que entran en una habitación y transmiten tranquilidad; otras parecen cargar el ambiente sin decir una palabra. Lo mismo ocurre con nosotros mismos. Cuando vivimos permanentemente desde el resentimiento, la envidia o la desesperanza, terminamos interpretándolo todo desde ese lugar. Cuando intentamos alimentar gratitud, disciplina, amor y pensamientos positivos, nuestra manera de relacionarnos con el mundo cambia. No porque los problemas desaparezcan, sino porque dejamos de entregarles todo nuestro poder.
Por eso muchas enseñanzas bíblicas me interesan más allá de una lectura literal. Las parábolas tienen algo especial: historias aparentemente sencillas que esconden ideas capaces de atravesar siglos. Hablan de sembrar antes de recoger, de construir sobre bases firmes, de perdonar, de reconocer nuestros propios errores antes de juzgar los ajenos, de valorar aquello que realmente importa y de comprender que nuestras acciones terminan produciendo consecuencias.
La parábola del sembrador, por ejemplo, siempre puede trasladarse a la vida diaria. Una misma semilla puede terminar de formas completamente diferentes dependiendo de dónde caiga. Lo mismo sucede con una idea, una oportunidad, una relación o un talento. Puedes recibir algo valioso y perderlo por miedo, distracción o falta de constancia; también puedes cuidarlo hasta convertirlo en algo mucho mayor de lo que era al principio. Tal vez el talento sea la semilla, pero lo que hacemos con él termina definiendo la cosecha.
También está esa idea tan poderosa de construir sobre roca y no sobre arena. Para mí habla de crear una vida basada en principios capaces de sobrevivir cuando las cosas dejan de ser fáciles. Es sencillo sentirse fuerte cuando todo funciona. La verdadera estructura aparece cuando llegan los problemas, las pérdidas, las decepciones o los momentos en los que nadie está mirando.
Mi espiritualidad nace de esa mezcla entre fe, reflexión, símbolos, experiencias y preguntas. No siento la necesidad de tener respuesta para absolutamente todo. Hay cosas que prefiero observar, interpretar y llevar conmigo como recordatorios. Algunos símbolos pueden representar etapas, promesas, protección, transformación o simplemente ideas que quiero mantener presentes. Su importancia no siempre está en lo que significan para los demás, sino en lo que despiertan dentro de quien los lleva.
También he aprendido que pedir algo y estar preparado para recibirlo son cosas diferentes. Podemos pasar años deseando amor y no saber cómo cuidarlo cuando llega. Podemos pedir éxito y no estar preparados para soportar la disciplina, la exposición o las decisiones que exige. Podemos querer cambiar nuestra vida mientras continuamos aferrados a aquello que nos mantiene exactamente donde estamos. A veces el verdadero proceso espiritual no consiste en conseguir inmediatamente lo que deseamos, sino en convertirnos en la persona capaz de sostenerlo.
Por eso intento unir deseo, acción y fe. Deseo lo que quiero con intensidad, trabajo por ello como si dependiera de mí y mantengo la humildad suficiente para entender que no todo depende de mí.
Quizás esa sea una de las ideas que más definen mi manera de ver la vida: creer sin dejar de actuar, desear sin dejar de construir y confiar sin dejar de caminar.
